La historia de la mantaraya

 






Hace bastante que escribo historias, especie de cuentos infantiles y no tan infantiles, para mis sesiones de educación emocional. Me encanta observar la naturaleza y comparar como se desarrolla la vida en comparación con muchas de nuestras conductas humanas. Utilizar lo que observo en los seres vivos como metáforas de muchas experiencias que observo en los vínculos humanos.

Voy a contarles la historia de la Mantarraya.

En las frías aguas del Pacífico, vivía una joven mantarraya, que a pesar de ser descendiente de una generación de ancestros con cinco millones de años, aún no había aprendido el significado del nombre del océano en el que habitaba.
Las mantarrayas tienen una larga cola que es su espina caudal y cuentan con una púa sumamente peligrosa.

La joven mantarraya nadaba constantemente como todas para que el agua pasase por sus branquias y así poder respirar. Sus bellísimos movimientos la convertían en una maravilla de las profundidades, se decía que tenía unos lunares preciosos color blanco, que cuando la luna llena de reflejaba en su cuerpo por las noches, el mar parecía tener estrellas. Sin embargo esta belleza hacía que la mantarraya solo se preocupara de sí misma, sin pensar en el resto.

Con su cola a la que no podía controlar, golpeaba una y otra vez a sus compañeras de viaje, a los peces y otras especies del mar.

Cansadas las otras mantarrayas de que no se fijara en sus movimientos sin respetar el principio fundamental del Océano que era la paz, comenzaron a alejarse hasta que finalmente la joven mantarraya se quedó sola.

Le costó un tiempo entender, por qué había quedado sola, necesitó llorar y esconderse bajo la arena un tiempo para reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo con sus compañeras.

Mientras se encontraba sola y tratando de entender, pasó por el lugar una tortuga anciana que con sus movimientos lentos y serenos le preguntó por qué estaba tan triste?

La mantarraya poco a poco comenzó a salir de debajo de la arena y al ver la calma de la tortuga sintió confianza y paz interior para contarle lo que le pasaba.

Al oír la historia, la tortuga con toda su serenidad le dijo:

- Está muy bien que hayas podido alejarte, encontrar silencio y así reflexionar.

El silencio calla todos los ruidos de la mente para poder ver la vida desde la verdad.

Ahora necesitas dar un paso más y es acercarte a la compasión.

La tortuga le mostró su caparazón y las líneas que había en él y le dijo:

- Cada línea de mi caparazón son lo seres a los que alguna vez les he hecho daño o que simplemente he actuado de manera inconsciente, sin medir las consecuencias y otras líneas son los seres que quiero cerca de mí. Cada línea me recuerda a cada uno de ellos para cuidarlos y nunca más hacerles algo malo.

- Como tú no tienes caparazón quizá puedas juntar conchas de la playa e ir poniendo una a una en tu cola, pensando en todos y cada uno de los seres a los que no has cuidado bien.

-Cuando hayas terminado acércate a ellos y con mucho amor diles que de ahora en más serás mas consciente de tus movimientos y acciones.

La joven mantarraya hizo caso del consejo de la tortuga y muy feliz comenzó a acercarse nuevamente a sus amigas con mucha serenidad y consciencia de sus movimientos.

Dicen que cuando el discípulo está preparado llega el maestro. Y así fue, desde ese momento, la mantarraya comenzó a ser una de las maestras más serenas y tranquilas, enseñando a las más jóvenes el camino del cuidado y respeto dentro del gran océano pacífico.

Y colorín colorado este cuento nunca acaba...

Porque en el camino siempre nos encontramos con mantarrayas que aún viven en su mundo egocéntrico y hacen daño a los que están a su alrededor.

En una sesión, al acabar de contar esta historia, que por cierto tiene su parte mindfulness que es poner cuentas de colores a una mantarraya plastificada que les regalo para que se lleven a casa y con la que pueden practicar una respiración antes de dormir.

Uno de los niños en ese espacio de calma, atención plena y música suave que nos invita a reflexionar, me cuenta que vive con sus abuelos porque su mamá y su papá eran como la mantarraya que no pensaba en los demás, porque fumaban y tomaban cosas... y por eso a él lo cuidaban sus abuelos.

Que solo podía  ver a su mamá una hora a la semana con custodia pero que para él era muy poco y la echaba de menos.
Este niño, en un espacio cuidado y de calma, pudo abrir su corazón y decir lo que sentía, pudo asociar los personajes, sentirse parte de una historia similar, no sentirse solo y aliviar el dolor al menos en ese momento.

Todos los seres llevamos nuestras heridas, algunas ya cicatrizadas y otras que aún esperan a cerrar.

Hablar es fundamental para sanar, expresar lo que sentimos, pensamos, lo que nos duele, lo que no nos gusta, es crear los límites de mi existencia para entender el mundo y entender nuestro mundo interno.

Sí, la gestión emocional es fundamental para el bienestar mental de nuestros pequeños. Las historias son buenas estrategias y se convierten en magia a la hora de abrir el corazón.


                                                                   Natalia Lázaro.


 




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